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¿Y ahora qué?

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03/10/2013

¿Y ahora qué?

El autor invitar a reflexionar sobre las causas de lo que sería un fin de etapa y una construcción política que supere las limitaciones de la experiencia reciente. 

Por José Luis de Francisco Si todo finalmente ocurriese como una importante parte de los formadores de opinión anticipan, sería este el momento de reflexionar sobre la Argentina post Kirchnerismo.

Lo que vendría intentaría dar cuenta de las demandas más sentidas por los sectores medios de la población,centradas en la inseguridad y en el rechazo a la corrupción -hipócritamente depositada sólo en la clase política- y exacerbada mediáticamente por el periodismo opositor.

Junto con esto, es fácil imaginar una mejor relación con el poder económico y financiero, local y mundial, e imaginar también que esto significaría una sujeción a sus dictados. Algunas políticas de resistencia a esos poderes -que se expresaron durante la década pasada- serían finalmente doblegadas si un sciolismo propiamente dicho o un cuasi sciolismo sucediesen a CFK.

Lo que vendría no sería un cambio de modelo sino una prolongación del actual modelo extractivo exportador, extensivo e intensivo, pero sin el distribucionismo típicamente peronista -exitoso o no, materia opinable- que caracterizó la gestión del matrimonio Kirchner.

Según el autor, Cristina parece haber elegido ser ella misma el fin del Kirchnerismo y no una transición hacia algo superador surgido desde su interior.

Si todo finalmente fuese así, no caben dudas de que el futuro inmediato sería peor que la década pasada, ganada o no, según el prisma con que se la analice.

Pero en todo caso, nada sustituye a la necesidad de reflexionar, de pensar y repensar, no sólo sobre las causas de lo que sería un fin de etapa sino, y sobre todo, pensar una construcción política que supere las limitaciones de la experiencia reciente. Y, además, que no signifique una claudicación nacional a la presión del establishment. Pensar también en términos de que el cambio es perfectamente posible, que debe superar los maquillajes superficiales y que de una vez por todas debe pensarse profundo y transformador de las estructuras socio-económicas y políticas del país.

Pase lo que pase en octubre y en el 2015, los diez años de crecimiento económico y de dinamismo del mercado interno, con jubilación extendida y estatal, con subsidios a la niñez desprotegida y a los servicios públicos, chocaron contra el duro escollo de la insustentabilidad. Este concepto que por lo general aparece vinculado a lo ecológico, también tiene sus aristas políticas, sociales y económicas, y estas han quedado expuestas antes y después de la gran crisis energética que trajo aparejado el cepo al dólar y el freno a las importaciones.

La inviabilidad de un modelo de crecimiento basado en energías no renovables no estalló por el lado de las consecuencias de la contaminación ni del efecto invernadero –como de no haber medidas planetarias ocurrirá en el mediano plazo- y sí lo hizo por el lado del previsible agotamiento del recurso y de la negligente y corrupta implementación de acuerdos petroleros internacionales. El dinero que debería invertirse en nueva infraestructura y superación de la etapa socio-asistencial, se ha estado yendo por el sector externo en importación de combustible.

Cabría también preguntarse si lo que se mostró no sustentable no fue el crecimiento mismo, glorificado en el discurso de la totalidad de la clase dirigente nacional y para el cual la ciencia económica demuestra a nivel mundial su ineficacia.

Este modelo económico de sesgo distribuidor, que perdió su batalla contra la inflación, paradójicamente también fue favorecedor de la concentración económica en cuanto a la tenencia de la tierra y la intermediación y comercialización final  de productos de consumo masivo, con lo que el sector de pequeños productores y de pequeños comerciantes sólo ha sobrevivido, a duras penas. De estos sectores medios hacia abajo, ha proliferado un trabajo de mala calidad, muy útil –eso sí- a los fines estadísticos. Y más abajo aún -casi en el subsuelo de la sociedad- los jóvenes excluidos, que ni estudian ni trabajan, se cuentan por cientos de miles. Todo esto expresa la insustentabilidad social del modelo.

Esta realidad se ha visto morigerada por medidas de gobierno, como las enunciadas algunos párrafos más arriba, pero los resultados fueron insuficientes para reconstruir el tejido social heredado de la década neoliberal ortodoxa de los 90 y  de la crisis del 2001.

Pero tal vez el aspecto más insustentable que se manifestó en las PASO de agosto no fue ni el ecológico ni el social, sino el político. El Kirchnerismo, por influencia del pensamiento de algunos intelectuales que señalan la necesidad de un “enemigo” para imponer la propia hegemonía, siempre priorizó la imposición al consenso.

El componente montonero del oficialismo no quiso, o no pudo, influir en las políticas centrales del Gobierno nacional para que el camino de la búsqueda de consensos para cambios transformadores sea transitado en consonancia con su propia autocrítica de fines de los ´70. En ella se caracterizó como “madre de todos los errores” a una concepción de poder errónea (“total”, como se la llamó) que no comprendió que el poder es una construcción compartida y multisectorial.

Voces de pensamiento muy influyente dentro del Kirchnerismo se refieren a la búsqueda de acuerdos  con contundencia: el único consenso posible sería para mantener los privilegios actuales y no para suprimirlos y la lucha contra quién no ha sido convocado a pactar el futuro del país no sólo es justa sino necesaria

El peronismo “K” es así asimilable al peronismo de mediados del siglo pasado y -como el General de aquellos años- también fractura a la sociedad entre el pueblo y el antipueblo y si bien reivindica un setentismo que idealiza la militancia heroica, omitea aquellos sustanciales pronunciamientos montoneros que no resultan operativos para su voluntad de imponerse sobre el otro.

En lo táctico electoral, el oficialismo no sacó provecho de las virtudes de su propia criatura, como lo es el sistema de internas abiertas, simultáneas y obligatorias. En los distritos más importantes se concurrió a las PASO con lista única, una oferta electoral rígida que perdió votos sobre todo de sectores volcados a la izquierda. Los movimientos sociales, muchos de los cuales tienen en su génesis el desafío a Perón, como si el escarmiento de este aún perdurase, no se plantaron con firmeza para ofrecer al electorado una alternativa que básicamente plantease una clara profundización de los cambios. Debieran haber recorrido este camino aun intuyendo la decisión de la Presidenta de la Nación, que parece haber elegido ser ella misma el fin del Kirchnerismo y no una transición hacia algo superador  surgido desde su interior.

Ahora, como nada de esto ocurrió, el retroceso del proceso político en Argentina, tal lo dicho al principio de este trabajo, parece inexorable; más cuando se puede apreciar al día de hoy, octubre del 2013, como avanzó la indiferenciación del discurso de la clase política –incluyendo el oficialismo- para dar respuestas, del tipo de las que ya fracasaron con Ruckauf,  a la demanda de la clase media por mayor seguridad.

La movilización popular provocada por el Kirchnerismo y la recuperación de discursos políticos transformadores no debieran quedar  truncos por los errores de una conducción que no supo prever el futuro de su propia fuerza política.

Son muchos los sectores organizados, de adentro y de afuera del oficialismo, que bien pueden ponerse en sus hombros la pesada mochila de construir, a partir de lo bueno realizado y rectificando rumbos insustentables, conductas y políticas equivocadas, las bases de una verdadera e integral refundación nacional.