Politica

“Yo no lo voté”, una reflexión sobre el exitismo argentino

por Alan Laursen

09/11/2016

Ganó Donald Trump y Estados Unidos está dividido: algunos festejan y otros quieren mudarse a Canadá. Para el mundo este personaje de peinado extraño aún es un misterio. Según muchos norteamericanos, es su salvador. Entre triunfos y decepciones, podríamos pensar que en un tiempo nuestra frase exitista de cabecera, “Yo no lo voté”, nos puede ser arrebatada. Porque si es por exitismo, en deporte y en política tenemos mucho que enseñar.

“Yo no lo voté”, una reflexión sobre el exitismo argentino

Veo el triunfo de Donald Trump en la televisión. Veo a dos estadounidenses con marcados rasgos hindúes festejar eufóricamente el triunfo de un candidato cuyo discurso contiene evidentes tonos racistas. Y para peor, afirman que “él (Trump) es el hombre, es el presidente. Va a hacer a América grande de nuevo y va a liderar el país, va a liderar EL MUNDO”. Aunque, como decía mi abuela, hay de todo en la viña del Señor, debo admitir lo curioso que me resultó ver que muchos norteamericanos que van a votar -en un país donde el sufragio no es obligatorio- lo hacen portando banderitas y sombreros, y hablan abiertamente sobre el candidato que han elegido.

Si traslado eso a nuestro país, en Argentina no somos tan eufóricos para el voto, además de que vamos “arrastrados por la ley” a votar ese domingo. Pero cedo un punto a favor en cuanto a la responsabilidad y la voluntad de mucha gente que participa en que todo salga como debe ser (puede fallar, decía Tusam).

A pesar de lo dicho, pasan los años y las cosas no salen tan bien como esperábamos con nuestra elección y algo que siempre ha sonado en este país como una muletilla que habla de nuestro comportamiento cívico es el “YO NO LO VOTÉ” o “YO NO LA VOTÉ”. Una frase que nos deslinda de toda responsabilidad ante el otro y que nos ayuda a convencer a los demás -e incluso a nosotros mismos- de que no tuvimos nada que ver con el ascenso de aquella persona que accede al poder, quien de golpe parece ser un tipo o tipa que cayó de la nada. Un alien que usurpó el poder. Incluso vale para pensar en aquellas personas que aún no habiendo votado por un candidato, al resultar ganador pasa a ser un fiel seguidor al punto de asegurar haber confiado su voto a ese salvador.

Claro está que todos podemos equivocarnos, por lo que es una actitud tonta no hacerse cargo de lo que uno votó si es que desea manifestarlo. Hasta ahora, el voto sigue siendo secreto. Al menos por ley.

Camisetas transpiradas

El “exitismo argentino” ya es famoso, una muestra de que aquella frase que dice “la victoria tiene muchos padres pero la derrota es huérfana” es muy acertada. En Argentina hay muchos que tienen padres y quedan huérfanos. A veces recuperan el cariño de sus “progenitores” con alguna hazaña que tapa alguna vergüenza anterior.

Y si hablamos de derrotas y triunfos, nuestro gran talón de Aquiles es el fútbol. Porque todos sabemos que el “hoy te convertís en héroe” de Mascherano mañana puede ser “te esperamos en Ezeiza para insultarte porque jugaste como la mona”. Si hay algo que nos caracteriza a los argentinos es tener un gen innato que nos convierte a todos en DT’s de fútbol. Incluso en momentos en que otro deporte nos está dando satisfacciones de golpe se nos descarga la app interna con toda la sabiduría tenística, basquetbolística, y demás. El bichito de otro deporte nos pica a todos hasta que pasa la euforia y en las noticias ya no sale nada.

¿Y qué pasa si Pepito gana la copa? Bueno, somos todos triunfadores. Nos subimos enseguida al caballo de Pepito porque Pepito es un ganador. Gana Pepito, ganamos todos. ¿Y si Pepito pierde? El que perdió es Pepito en general, defraudando a toda una hinchada “¿Cómo no ganó?”, “No siente la camiseta”, dice un tipo hiper obeso sentado en un sillón comiendo una tira de asado mientras le grita a Pepito que corra más y transpire los colores de nuestra Patria que tantas alegrías nos da deportivamente.

Por supuesto que todo esto que digo es llevado a una generalización, no excluyo que hay también gran cantidad de gente sensata y responsable que se hace cargo -nos guste o no- de lo que dice y hace. A modo de caricatura, los argentinos nos reconocemos de esta manera muchas veces. Eso también es nuestro punto a favor. Por eso el humor argentino es tan diverso y particular. Y si somos exitistas es quizás por una especie de problema de identidad o de autoestima nacional que nos hace reconocernos en el triunfo de nuestros coterráneos y sentir como una punzada de dolor una derrota. Esto corre para el deporte, la política o el torneo de truco barrial.

Para cerrar, me parece oportuno presentar esta frase del libro “No somos tan buena gente” del Dr. Abadi (2000): “Siempre los líderes políticos fueron empujados (o asumieron) ser los auténticos representantes de la argentinidad. Y sus oponentes, por diferenciación, lo antinacional (…) El líder interpela a los sujetos en nombre de la Patria, del bien común, de la concreción del ‘gran sueño argentino’. Se instituye así como figura colectiva que condensa todos los caminos de la gran utopía nacional”. Si gana Menganito gana la Patria, ganamos todos. Leyendo sabemos que algunos han llevado esto a ciertos extremos y en general movidos por intereses más bien propios y aplicados con actitudes autoritarias aún dentro del sistema democrático. Pero no nos sintamos únicos en esto. Con arengas similares hoy Donald Trump es el presidente de Estados Unidos. ¡Chapeau! para nuestros vecinos del norte del continente ¡Nos han alcanzado! Sólo la historia dirá si al finalizar su mandato dirán “I didn’t vote him” (Yo no lo voté). Mientras tanto el mundo está intrigado. ¿Y nosotros? Nosotros, argentinos.